Personal | Mamá, todavía quiero llegar a la Luna aunque no sea de queso

Cuando tenía seis años quería ir a la Luna, para conocer a Sailor Moon y ser una sailor scout. Dos décadas después, muy en el fondo de mi subconsciente, sigo esperando que un gato negro entre por mi ventana y me diga que tengo una misión especial en la Tierra.

Como cada año, me sumo a la costumbre adulta de compartir fotos de la infancia en redes sociales, mientras le doy like a la mayoría de las fotos que mis contactos comparten y me asombro cuando descubro que muchos siguen idénticos físicamente.

Es cuando me pregunto si también somos idénticos emocionalmente, luego de haber recorrido tanto, si aún conservamos los mismos sueños, si cumplimos nuestras metas, si somos un pedazo del adulto que visualizamos.

De niña quise ser de todo, veterinaria, maestra, odontóloga, sailor moon, un día quise ser bombero, otro corresponsal de guerra, a la siguiente semana pensaba que era posible vivir de estudiar a los Ovnis, a veces me sentía capaz de cantar y otras creía que podía ser como Daniela Luján y salir en las novelas.

Estudié Comunicación y me gusta escribir. Soy reportera y me toca cubrir otro tipo de guerras, ya no estoy tan segura que se puede vivir de estudiar a los Ovnis, no sé cantar ni me gusta actuar. Me gustan los animales, no soporto a más de 10 niños en un mismo lugar, no sé si existan mujeres Bombero, la Medicina ni ninguna de sus variantes me convenció del todo. Lo de Sailor Moon, está en veremos. Todavía puedo llegar a la Luna.

Recuerdo que en la primaria jugábamos con el azar, al centro de una hoja de papel dibujábamos un cuadro, afuera de cada uno de sus lados tres o cuatro rayas. Dentro del cuadro escribíamos con número la edad a la que nos casaríamos.

Tenía ocho años y siempre decía que me iba a casar entre los 20 y 25 años de edad. Elegíamos tres opciones de con quien nos íbamos a casar, de que colores podría ser nuestro vestido, en donde íbamos a vivir, a donde iríamos de luna de miel y cuantos hijos queríamos tener.

Luego pasamos la pluma o lápiz por cada renglón, contando en voz alta hasta la cifra que habíamos escrito en el cuadro, para ir eliminando las opciones, así “diseñábamos nuestro futuro”.

Tengo 27 años y no me case con Panchito. No tengo la casa en el Bosque, ni los cuatro hijos que el “destino” de papel dispuso que tendríamos. No creo que me quiera casar con un vestido verde -¿o si?-, aunque el viaje a Londres es un poco más posible que todo lo anterior.

No sé dónde quedó Panchito ni si todavía le gustan las mujeres. Ahora cuatro niños son demasiados para mí. Conocer Londres sigue siendo una de mis fantasías. Tal vez allá me encuentre otro Pancho y adoptamos cuatro gatos. La casa podría ser verde.

Hoy encontré una fotografía de mi infancia que hace mucho no veía, no sé si tengo tres o cuatro años, noto que mi madre decidió explotar el detalle de que mi natalicio sea en el día más cursi del año y me vistió de rojo. Con moños y muchos olanes.
Sonrío. No he hecho muchas cosas que de niña decía que quería hacer siendo adulta, pero estoy segura que he hecho cosas mejores, que asombrarían a mi versión de seis u ocho años, al grado que abriría mucho sus pequeños ojos y me preguntaría “¿es en serio?”, solo para inaugurar una sesión de muchas preguntas sobre nuestras historias.

 

 


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