Corazones Rotos | La primera vez que sentí un hueco en el alma

Los corazones rotos son algo muy común. El algún punto de nuestra vida nos rompieron el propio, o le dimos con el bat de la desgracia a uno ajeno, uno que tuvo el tino de compartir el momento para formar una historia.

Por lo mismo, presto este espacio para que cualquier voluntario o anónimo comparta la historia de un corazón roto. Queda abierta la convocatoria de formo indefinida para que compartan al correo letraluz.celeste@gmail.com su historia, que no rebase las 500 palabras, a espacio sencillo, solo deben poner en el asunto “este es mi corazón roto”.


 

La primera vez que sentí un hueco en el alma. Clara Olivas.

Este no es mi corazón roto, quizás es el todos.

La primera vez en mi vida que sentí un hueco muy grande, fue en el centro de la ciudad de Tijuana. Solía caminar de noche por algunas de sus calles con mi papá, íbamos camino a la entonces “Dorian’s” donde trabajaba mi mamá.

Me gustaba mucho ir a su trabajo pues desde que entraba me bañaba de múltiples perfumes que sobrevolaban en el ambiente. Mi madre, una mujer bien peinada y vestida, recibía amablemente a los clientes. Mi padre y yo solíamos ir a comer mientras mi madre salía de trabajar, nuestro lugar favorito era uno que tenía mesas rojas, hamburguesas y sodas.

Una de esas noches, mientras caminábamos hacia el restaurante, vi a un hombre tirado en el suelo, con apenas una cobija de cuadros encima. No podía comprender qué hacía ahí, ¿por qué no estaba en su casa? Me preguntaba a mis 7 años. No podía seguir caminando como si no lo hubiera visto así que me detuve y le pregunté a mi padre: ¿por qué no lo ayudamos? ¿está enfermo? Mi papá me dijo que en otra ocasión que pasáramos le podíamos dar dinero. Yo no cené igual esa noche, un hombre dormía en la calle con el frío.

Al día siguiente, sabía que lo que pudiéramos darle no sería suficiente pero por lo menos cenaría. Le dimos un poco de dinero e insistí en que le lleváramos una hamburguesa de nuestro lugar favorito. El hombre sonrió y dijo gracias, yo a pesar de verlo cenando, seguía sintiendo un vacío en mi estómago y como si algo se hubiera roto en mi corazón. Hemos aprendido a normalizar la injusticia lo cual no significa que podamos dormir con el corazón completo.

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