Corazones rotos | Sí fue el fin del mundo

Los corazones rotos son algo muy común. El algún punto de nuestra vida nos rompieron el propio, o le dimos con el bat de la desgracia a uno ajeno, uno que tuvo el tino de compartir el momento para formar una historia.

Por lo mismo, presto este espacio para que cualquier voluntario o anónimo comparta la historia de un corazón roto. Queda abierta la convocatoria de formo indefinida para que compartan al correo letraluz.celeste@gmail.com su historia, que no rebase las 500 palabras, a espacio sencillo, solo deben poner en el asunto “este es mi corazón roto”.

 


Sí fue el fin del mundo. Miranda García.

 

Nunca presté atención a las señales. Ahora lo sé. ¿Recuerdas nuestra primera gran pelea? Todo porque no recordaba el nombre de todas tus mascotas. Tenías cinco, pero el número seguía aumentando. Era un viernes, de marzo, lo recuerdo. Llevabas ese suéter que no me gustaba pero que nunca me atreví a decirte. Justo cuando me fui de tu casa, a esa misma hora, explotó uno de los edificios de la central nuclear de Fukushima, obra de ese maldito sismo.

Que tal aquel día en que entendimos que seguir juntos iba a ser difícil, por toda esa mierda que pasamos en los seis meses que compartimos la misma cama, ese mismo día que vimos a Peña Nieto utilizar por primera vez la banda presidencial.

Un par de años después, se me pasó nuestro aniversario. Gritaste, lloraste y me reclamaste sobre mi olvido, mientras que a 220 kilómetros al sur de la Ciudad de México, 43 guerrerenses nunca más regresaron a sus casas.

Ahí supe que de alguna manera todo de verdad se iría al carajo, pero ignoraba que iba a ser más pronto de lo que pensaba.

Como dije, esas solo fueron las señales. Porque el día que te dije que ya no te quería se detuvieron las luces, las risas, el alcohol y la música. Sólo se necesitó de cuatro palabras para que el mundo vibrara y luego, todo se volteó.

Y así empezó todo. Las largas mañanas en cama, las miles de personas que se ahogaban en el Mar Mediterráneo; los ocasionales encuentros que terminaban en peleas, el clima bipolar; las noches con el propósito de drenar las memorias, la masacre de parisinos y gringos; los llantos mudos, la hambruna en Venezuela; la reminiscencia musical, la muerte de David Bowie; la tentación de volver, el engaño de paz de las FARC; las terceras personas, el Brexit; los reclamos, el divorcio de Brangelina; los 20 cigarrillos al día, Trump como presidente; los cinco litros de cerveza por noche, el dólar a 20 pesos; la pérdida de amistades, la posible extinción de las jirafas; las llamadas a las dos de la mañana, los más de 900 homicidios en Tijuana; la resignación, el gasolinazo; la resignación, Corea del Norte, la resignación.

Ahora me doy cuenta y me acuerdo de ti. Por ese mismo suéter que no me gustaba, el que llevabas en nuestra gran pelea. Lo usa una chica del refugio, está sucio y de seguro no ha de oler muy bien después de estar tres meses bajo tierra esperando que termine la guerra nuclear.

Ya no me queda más. Solo te puedo recordar y te escribo sin saber si estás viva o muerta, si un día te encuentra este papel o no. Tal vez esto también sea una prueba para quienes me dijeron que si nuestra relación se acababa no iba a ser el fin del mundo. Pero lo cierto es, desde que terminamos, el mundo sí se fue a la mierda.

 

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