Personal | Un año de la liberación

17 de julio de 2015.

Nunca había sentido tanto nerviosismo y ansiedad como ese día.

La visualización de ese momento comenzó meses atrás, desde el día en el que decidí quitar mi muro de la inspiración, el que me animaba a soportar cada minuto en ese lugar.

Me imaginaba dando el anuncio con una sonrisa de oreja a oreja, con el corazón brincando por todo el lugar y el estómago bien puesto.

La sonrisa se me escondió, el corazón cansado no dejaba de brillar de la emoción y el estómago.. quería vomitar encima del escritorio de mi -ahora ex- jefa por tanta adrenalina.

Aunque tenía la seguridad de que estaba tomando la mejor decisión.

Había cumplido 2 años y medio viendo mi vida pasar detrás de un escritorio, ocho horas al día, con el deseo atravesado de estar viviendo otra vida, mientras comía del cereal que guardaba en el cajón.

Admito que los primeros meses me sabían a fantasía, pero los últimos parecían una cruel tortura que ningún amargo desamor podría igualar.

Llegué a ese día -un viernes- harta, cansada, con el autoestima que se arrastraba cada mañana hasta el checador para marcar entrada diez minutos tarde, ya no quería llegar, ya no quería estar, no podía seguir.

Recuerdo que me senté, tratando de disfrutar los últimos instantes en ese sitio, si es que todavía quedaba algo que disfrutar y lo solté “es mi último día”.

Ella me vio con indiferencia, mientras dirigía su vista hacia la pantalla de la computadora, hasta que complemente la frase “porque conseguí otro empleo”.

Hace un año que estoy en el trabajo que denomino “el trabajo de mi vida”, que es realmente el más grande amor de mis amores, como dice la canción de Agustín Lara, que décadas después cantó Natalia Lafourcade.

Han sido doce meses de reto tras reto, aprendizaje, eliminación de mañas, superación, de conocer la vida desde todos los ángulos posibles y agarrarle el amor suficiente para descubrir que el trabajo puede ser una pasión llena de belleza -con altas y bajas, pero al fin belleza pura-.

He tenido la oportunidad de conocer gente que en mi vida hubiera imaginado que existía, conocer historias que no dejan de asombrarme, que se encontraban ocultas, que estaban esperando a que un buen día decidiera aprender a volar, como dice el tatuaje que tengo en mi antebrazo izquierdo.

Puedo pecar de cursi y afirmar que amo mi trabajo, que es el mejor del mundo y que definitivamente nunca lo cambiaría por nada.

Lo acepto tal como es, con sus momentos claros y con sus momentos oscuros. Sólo me queda encerrar todo lo vivido en los últimos doces meses en una sola palabra: infinito, como el amor que siento por esta profesión, el cual no tiene límites -lo sé, eso fue súper cursi-.

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