Personal | La historia de D

Tuve mi primer novio a los 15, en el último año de secundaria.

Fue de esos dramas tontos que a los 15 dolían como mil contracciones en el corazón.

El día de mi cumpleaños, el día más ridículo de todos, era de gran expectativa porque andaba de amores con un compañero del salón. El que menos esperaban que le gustara a una de las morras bien portadas del 3°B, porqué era precisamente el más problemático de todos.

Él era unos meses menor que yo (nací en febrero, nació en noviembre), ojo claro, con algunos vestigios de que sería calvo y usaba una chamarra que acentuaba sus rasgos de rudeza que a veces exhibía al echar pleito con otros compañeros. Me gustaba esa chamarra. Su voz no era ni muy gruesa ni muy fina. Quedaba en un punto intermedio, agradable. Tenía dedos cortos y regordetes. Le gustaban los perros y de su boca salían más arañas que flores.

Salíamos a las 19:00 horas de la escuela. Nos íbamos en bola hasta la parada del transporte. Comencé la costumbre de ir de su brazo por las 10 cuadras que recorríamos y platicar de todo y nada a la vez. Lo básico: nos gustábamos y queríamos conocernos lo que se pudiera. La adolescencia al fin.

El día llegó y él traía una bolsa de regalo. Era mi presente compuesto por tres objetos y cada uno tenía un significado: uno por mi cumpleaños, uno por San Valentín y uno por-qué-sí.

Era la primera vez en mi cortisima vida que alguien me regalaba algo por mi cumpleaños y a parte algo por el Día de los Enamorados. Primera sonrisa a su recuerdo.

Las siguientes semanas estuvieron salpicadas de melodrama estudiantil y de momentos que prefiero botar. Cuando tienes 15 años la vida parece el guión de serie de televisión, todo es posible y todo quiere ser posible a la vez. Solo recuerdo los clásicos recaditos que nos pasábamos entre clases. Si esos papeles hubieran sobrevivido, me servirían para escribir la trama de una mini novela titulada “los 15 años y el primer amor efímero”.

Era atracción física más que cariño. Para mí era el más guapo del salón. Quise explotar la química que había nacido cuando por revoltoso terminó sentado a mi lado. No había minuto en  el cual no hiciera una broma absurda y yo soltara la risa.

Nuestro gran romance duró un mes. Hormonas y malas decisiones adolescentes propiciaron que la relación no diera más. No conocíamos los grandes secretos para el éxito de las relaciones de pareja. Y sinceramente, no teníamos mucho interés en permanecer juntos el resto de nuestras vidas.

Antes de que Cupido se tirara al precipicio y se perdiera el efecto de San Valentín, ocurrió la traición más grandes de todas: le pidió a otra que bailara el vals de graduación con él. Era grave que tu novio no te considerara la primera opción para el baile de fin de año y en su lugar se lo pidiera a la morra que se sentaba en la esquina del caos. La que se vestía de manera ruda y se llevaba pesado con los hombres que cargaban latas de pintura aerosol en sus mochilas. No, eso no era ni una pizca de bueno.

Recuerdo que en el baile de graduación se asomo un rayo de madurez en mí. Luego de meses hirviendo el germen del desprecio en mi corazón, entre la gente que bailaba como frenética, con los zapatos en la mano y los pies atascados de mugre por bailar descalza, me acerque a despedirme de mis amigos, los que en su papel de súper masculinos se habían puesto en la orilla de la pista a observar a los que si se animaban a bailar. Él, con su porte de ser el más malo de todos, vistiendo un traje rentado, con el mal sabor de boca de que su pareja de baile lo había abandonado luego de la pieza magistral de graduación, con un vaso de plástico con alcohol clandestino, se puso rígido cuando le plante un amistoso abrazo.

Tenía la voz ronca de tanto reír con mi pareja de baile (fue el mejor que pude haber tenido), y sentía una explosión en mi corazón de tanta felicidad que no repare en abrazarlo y susurrarle buenos deseos al oído. Fue el último minuto que compartí físicamente con él. No lo volví a ver. Jamás le devolví las llamadas que en su momento me hizo. Unos años después intercambiamos algunos líneas escritas.

Hoy regresa a mi memoria su promesa de aquellos días. Yo decía que quería dedicarme al periodismo, él a la seguridad pública. Desde entonces no era ningún secreto que ambas profesiones son de riesgo, pero éramos jóvenes y todo lo podíamos. Teníamos 15 años. Iba de su brazo, como cada tarde al salir de clases, como cada una de esas tardes en la que fuimos par. Íbamos platicando del futuro, que por aquella época sonaba distante e incierto.

“Me voy a meter a la academia de policía cuando salga de la prepa”

“¿Ah, si?”

“Sí. Te voy a cuidar de los malos cuando andes de periodista, no voy a dejar que nada malo te pase”

Esa noche sonreí y sentí todo el reino de insectos cubrir mi estómago.

Hace 24 horas su corazón dejó de latir. Tenía 25 años, una esposa, una pequeña hija y la vida que todos pensamos que nos espera adelante. Yo llene de nostalgia  mi día y deje que unas lagrimas se plantaran por la banqueta. Me quede esperando a que se graduará de la academia, aunque yo inicié mi parte.

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