Efímera promesa

Rompí mi promesa. Leí a Ángeles Mastretta. 

Todavía no me acostumbro a salir temprano de mis clases y quedar a la deriva del destino, sin nada en que ocuparme. Ayer (y todavía hoy) tenía el pendiente de hallar a un profesor pero he fracasado al encontrarme su cubículo oscuro y vacío. El susodicho imparte clases y regresa tarde a su lugar. Aparte, un amigo me dijo, es coordinador de varios programas y tiene ocupada su mente en ellos.

 

No tenía muchas opciones, quería evitar despifarrar mi sueldo, por lo que decidí dirigirme a la biblioteca por mi momento nerd del día. Y ahí estaba yo, ante los anaqueles, buscando un libro. Pero dirán ustedes, ¿por qué demonios no te pusiste a leer el libro que cargas de Monsiváis? Ni yo sé.

Vi la portada del libro más reciente de Mastretta y me acomode sin prisas en un sillón. En la biblioteca del campus, hace unos meses, estrenaron ese espacio con anaqueles y sillones de color vino. Es un lugar especial para disfrutar de la lectura, aunque esté un poco mal situado, a la pura pasada como quien dice, donde te puedes distraer fácilmente por observar a los usuarios presurosos que acaban de ingresar.

Hay quienes le dan tregua a su siesta, pero otros verdaderamente vamos, elegimos un libro y nos perdemos en la lectura por unas horas. También hay quienes llegan a pasar el rato, aprovechando la buena señal gratuita de internet. Eramos 12 los que teníamos un libro entre nuestras manos, y la chica que despertó de sus siesta pero decidió ponerle atención a la pantalla de su celular antes de retirarse.

La emoción de las cosas, así se llama el libro de Mastretta que me hizo ojitos cuando estaba pasando lista por los anaqueles. Parece autobiográfico. Debo admitir que me decepcionó un poco, ¿será que perdió su toque? ¿o tendrá que ver mi veto del año pasado, de no leerla por un tiempo? En éste habla de sus raíces, de su infancia y de cuando comenzó  a añorar a sus muertos.

El libro me llega justo en mi temporada de nostalgia, cuando añoro mi infancia y a mis muertos. Una semana antes de cumplir veinticuatro. Un día en el cual me cuestiono mis planes a futuro. Y llega Mastretta con sus renovadas nostalgias a golpear a las mías.

Definitivamente no debo comprar este libro. No ahora. Ni el próximo mes. Creo que jamas. Me voy a quedar en que Arráncame la vida y Mujeres de ojos grandes son lo mejor que Mastretta pudo escribir. En el primero me enamore como una tonta al igual que Catalina, y en el segundo me imagine a cada uno de esas mujeres que un buen día abrieron bien los ojos y descubrieron el mundo que las rodeaba. Que son mis libros favoritos, que también leí Mal de amores, suspire con Emilia y odie a Daniel cuando era pertinente. Que Maridos fueron las primeras letras que le conocí y que me inspire en su escritura para irme forjando un estilo.

Pero el año pasado decidí darme un respiro de sus dramas amorosos para poder acercarme a otros autores y a otros estilos. Ahí llegaron Paz y Monsiváis a mi vida. Capote está en la fila de espera, al igual que Wolf.

Y perdone usted, si hoy omito más acentos que de costumbre, pero estoy en máquina ajena y escribo lo más rápido posible.

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